Olivia duerme en una cama sin barrotes y con la puerta
entreabierta desde hace tiempo. Cuando se despierta grita, llora, llama o
pregunta “¿éte?”. Salvo hoy, cuando al salir sigilosamente del baño me encontré
con una especie de enano de jardín esperándome en la puerta que en candoroso y somnoliento silencio me tendía su osito de peluche.
Casi me da un infarto.

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