Llegar a casa después de algunas horas y encontrarme con esa suerte de bonsai de persona que no puedo entender a qué especie pertenece. Verla correr enloquecida al grito de “mamamamamá”, los hoyuelos en su carita de torta color blanco Ucrania, los pasitos cortitos y agitados y los brazos hacia atrás como si fueran alitas. Ver cómo juega a esconderse en el pasillo para asustarme apareciendo de golpe al grito de ¡¡ñááááá!!... No hay caso. Un año y cuatro meses después, sigo sin entender muy bien de qué se trata esta maravilla.
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